Ella 

Ella se llama Anesha. Nació en Rusia, justo en la frontera con Ucrania, tiene tres hermanos pequeños. Mira a través de la fotografía que lleva doblada en la cartera. A sus padres prefiere no recordarlos. Los abandonaron demasiado temprano. A los 16 años decidió que no quería ir a ningún orfanato en el que la separasen de sus hermanos. Decidió vender su cuerpo y su dignidad a cambio de ver crecer a sus hermanos. Cuando recuerda el asco que le produjo la primera vez que lo hizo aún siente las ganas de vomitar en la garganta.

Ella se llama Niara, tiene 13 años, es de Yibuti y acaba de sentir cómo se sufre cuando te practican la ablación. Aún solloza mientras su familia la arrulla y le dice palabras de ánimo y cariño y le susurran que ya pasó, que deje de quejarse. Lo que aún no le han dicho es que acaban de mutilarla y que sufrirá dolencias e infecciones durante el resto de su vida por honrar a su familia.

Ella se llama Ghazala. Nació en Pakistán hace 10 años. Lo que más le gusta en el mundo es jugar con su prima, oler las especias de la comida que su madre prepara a mediodía y dibujar todo lo que tiene a su alrededor con los lápices de colores que su hermano mayor le mandó desde Londres por su cumpleaños el año pasado. Pero Ghazala ya no olerá lo que cocina su madre. A Ghazala se le han acabado los tiempos de juegos con su prima. La semana que viene se casa con un amigo de la familia. Él tiene 51 años. La vida de Ghazala ha dejado de ser de colores demasiado pronto y se ha convertido en una historia en blanco y negro. La semana que viene abandonará su casa. Los olores a especias, los lápices de colores y la inocencia.

Ella se llama Emma. Nació hace más de 50 años en Estados Unidos. Vive con su marido y sus hijos en Louisiana. Lleva viviendo en Norteamérica toda su vida. Y por eso sabe lo duro que es que te juzguen día a día por el color de tu piel. Cómo es la sensación de ser discriminado, apartado, marginado. Sabe cómo cuesta contener la rabia y el orgullo mientras te insultan por la calle. Qué supone ir a una entrevista de trabajo y que te rechacen sim hacerte ni dos preguntas. La sensación de intranquilidad que supone que un policía te mire de arriba abajo con aires de superioridad y cara de asco. Sabe lo que significa la xenofobia porque ha sentido cada una de sus letras a fuego en la piel.

Ella se llama Lucía. Nació en Castellón hace 32 años. Siempre le han encantado los niños, así que decidió estudiar Magisterio. Hoy trabaja como profesora en un pueblo de la zona. Mientras estudiaba la carrera conoció al que hoy es su marido. Hombre encantador, atento y entregado. Recuerda vivir los primeros cinco años de relación como si fueran un cuento. Tres años después de la boda descubrió que se había casado con el monstruo de la historia. Una llamada de teléfono a destiempo y después todo empezó. Los gritos, los reproches, los insultos, la primera bofetada. Y después el arrepentimiento. El primer no volverá a pasar. Y vuelta a empezar. Hoy Lucía come con su madre. Quizá se atreva por fin a decírselo.

Ella se llama Hafsa. Hace 29 años que nació en Marruecos. Se graduó como jurista hace cuatro años. Hace tan solo tres que se casó con uno de los médicos más prestigiosos de todo Marruecos. El sueño de Hafsa siempre ha sido ejercer como abogada en su país. Pero su familia y su marido han decidido que ese no es el lugar que le corresponde. Que su sitio está en casa, al cuidado de sus hijos mientras él triunfa. Esperar en el hogar con una sonrisa y el orgullo de ser la esposa. Pero Hafsa sabe que ese no es su lugar. Que esa no es la vida que quiere tener. Y que se le han acabado las sonrisas.

Estas son las vidas de todas ellas, historias que están sucediendo ahora mismo en una parte remota del mundo. O en el piso del vecino de arriba.

Ella no existe y, sin embargo, ella somos todas.

No es miedo a las alturas

Ahora que las noticias se cuentan en 140 caracteres.
Ahora que nuestra autoestima se nutre de “me gustas”.
Ahora que contamos los viajes en directo en vez de vivirlos.
Ahora que ya no cruzamos miradas en los pasos de cebra.
Ahora que no hay conversaciones de ascensor.
Ahora que ya no ligamos en los bares.
Ahora que la indignación ya no ocupa las plazas
y se mide a base de hashtags.
Ahora que sonreímos a las pantallas,
mientras ignoramos a nuestro compañero de asiento en el tren.
Ahora que no sabemos leer un mapa.
Ahora que perseguimos Pokémon por no admitir que estamos cada vez más perdidos.
Ahora que los buenos momentos no lo son si no se comparten fotografías.
Ahora que se necesitan declaraciones de amor en redes sociales.
Ahora que no nos permitimos disfrutar de nuestro aburrimiento.
Yo me dedico a saborear trago a trago mi última cerveza –o no– en el balcón. Miro las ventanas encendidas en el edifico de enfrente. Almas con insomnio que me hacen compañía en esta madrugada de martes tan extraña. Y mientras me abro otra cerveza pienso que me hubiera encantado confesarte todos mis miedos y manías. Contarte que no le tengo miedo a las alturas, pero sí a las caídas. Que me gusta desayunar en el bar de abajo todas las mañanas. Que odio los niños, pero adoro los perros. Que me encanta pasar los domingos leyendo en el parque.
Y arrugo la lata de cerveza. Abro una nueva y maldigo esta inoperancia verbal que solo me permite darte dos besos y preguntarte cómo estás cuando te veo.
Quizás la próxima vez me atreva a pedirte que me acompañes en las caídas.
Quizás.

Quiero ser libre, no valiente

Entretenimiento
Objeto.
Reclamo publicitario.
Florero.
Burka.
Bikini.
Ablación.
Yugo.
Perfección.
Madre.
Techo de cristal.
Culpa.

Valientes.
No. Yo no quiero ser valiente. La RAE define a una persona valiente como aquella “capaz de acometer una empresa arriesgada a pesar del peligro y el posible temor que suscita”. Yo no soy valiente. No quiero serlo, porque no quiero tener miedo.
Mujer valiente no es un cumplido, es un triste reflejo de la realidad. Una realidad que nos demuestra que aún quieren que sigamos siendo valientes, que sigamos teniendo miedo. Por cómo vestir, por cómo pensar, por cómo hablar, por cómo amar, por cómo vivir. Por el simple hecho de volver a casa a la hora que queremos.

No halagues mi valentía si no vas a luchar por mi libertad. Si no vas a pelear para que pueda cobrar lo mismo que un hombre por el mismo trabajo. Para que mi cuerpo deje de aparecer como un trozo de carne en los anuncios publicitarios. Para que no vivamos en una sociedad en la que una lacra social se lleva consigo 42 vidas en lo que va de año, y nos demuestra que eso no es más que la sangrienta punta de un iceberg inmenso.

Valientes las que allanaron el camino. Las que se dejaron la voz y la vida para legarnos una sociedad un poquito más igualitaria y que se avergonzarían de ver que hemos avanzado tan poco, que seguimos sin cobrar lo mismo. Y que ahora ya no somos invisibles, pero porque nos hemos convertido en objetos.
Valientes las que aún hoy en demasiadas partes del mundo se enfrentan a todo tipo de crueldades para hacerse oír.

Gracias a todas ellas hoy muchos somos capaces de ver la podredumbre de una sociedad que se niega a reconocer a la mujer por su talento, porque nos importa mucho más su aspecto físico y su atuendo. Una sociedad que cuestiona y juzga la carne que enseñamos, pero también la que decidimos tapar. En la que los delitos no son tal porque íbamos provocando. Y en la que tenemos que sentirnos valientes por llegar enteras a casa cada vez que salimos de noche.

No queremos más valentía. No queremos tener que enfrentarnos con más monstruos.
Yo no quiero más miedo.
Quiero ser libre, no valiente.

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Ensancha el alma

He sido una bruja de la Edad Media.

Me he convertido en un policía gruñón pero entrañable que busca sin suerte asesinos en serie por las esquinas de una fría y sombría ciudad. Me he visto envuelta en aventuras de todo tipo mientras recorría el mundo. He vivido en París, Nueva York, Barcelona, Madrid, Buenos Aries y un sinfín de capitales casi impronunciables en castellano.

Fui una niña judía durante la Segunda Guerra Mundial.  También me he convertido en Parvana, una niña afgana que ha tenido que hacerse pasar por un varón para sobrevivir en un Afganistán tomado por los talibanes. He sentido el dolor de una bala y la muerte de un ser querido en la guerra civil española. He conocido cómo funcionaban los gulags soviéticos.

He sido un escritor mediocre, un asesino a sueldo, un obrero de la revolución industrial en Gran Bretaña y un esclavo negro en Estados Unidos.

He muerto de amor. Y de desamor. Me han dejado y sido infiel tantas veces que casi superan las veces que lo he sido yo.

Todo eso y más. Leer da sueños pero, sobre todo, leer da vidas. Todas las que nos podríamos imaginar y aquellas en las que nunca habíamos pensado pero que han rondado la cabeza de alguna persona con la mente lo suficientemente inquieta como para escribirla.  El 39’4% de los españoles no vivió fuera de su propia piel. No vibró con una trama electrizante hecha con una retórica que invita al suspense. No adivinó los entresijos de ninguna trama. No se emocionó como voyeaur de las conversaciones de unos amantes. Casi el 40% de los españoles mayores de edad no leyó ningún libro durante el pasado año 2016. Hoy, en la era de la información instantánea, parece que nos hemos acostumbrado a no leer más de 140 caracteres, a no prestar atención a ninguna historia que requiera el más mínimo esfuerzo. Y es una pena. No solo por las evidentes carencias culturas, sino por todo lo que se están perdiendo. Por todo lo que jamás vivirán. Por todo lo que su mente será incapacidad de imaginar. Porque el 39’4% de la población española vivió 2016 dentro de una jaula, cercenando su capacidad creativa, su bagaje cultural y sus sueños, y lo hizo por voluntad propia. Y lo peor es que, probablemente, ellos no lo sepan.

Probablemente ellos mismos no sean conscientes de que, ahora más que nunca, los libros son necesarios. Porque nos quieren entretenidos con imágenes fugaces, porque quieren que no nos hagamos preguntas, porque quieren que no vayamos más allá, que no soñemos más allá, que no imaginemos más allá. Que todos nos encerremos entre las rejas de nuestra propia incultura.

Por eso podemos decir sin temor a equivocarnos que leer, hoy, es un acto revolucionario La insurrección de quienes no se conforman con vivir solo una vida. De quienes en esta vorágine de ritmos frenéticos deciden parar el tiempo y sentarse en un parque a leer. De los románticos que aún encuentran en el olor de las páginas de un libro nuevo una de las sensaciones más placenteras del mundo.

Sea como sea, lee. Lee y ensancha el alma.